Este óleo fué inspirado por lo que me conmueve la entrega de un Bodhisatva.
“El Bodhisattva respira el éter. Sus palabras no son sonidos, son semillas.
Burbujas doradas que flotan sobre la piel del mundo,
enseñando que la paz es la verdadera raíz.
Al ras del agua, los lotos son el testimonio: el florecer es real.
Pero bajo la superficie, donde la luz se vuelve misterio,
el alma azul duerme en su crisálida sagrada.
Parece quieta, pero está escuchando.
Se nutre de la compasión que desciende en espirales doradas.
Ella sabe, en el secreto de su sueño profundo, que la prisión del capullo es temporal
y que la voz del Bodhisattva la está preparando
para romper su propia oscuridad y expandirse hacia el sol”.
(oleo sobre lienzo, 39,1 x 30 cm)
Este óleo fué inspirado por lo que me conmueve la entrega de un Bodhisatva.
“El Bodhisattva respira el éter. Sus palabras no son sonidos, son semillas.
Burbujas doradas que flotan sobre la piel del mundo,
enseñando que la paz es la verdadera raíz.
Al ras del agua, los lotos son el testimonio: el florecer es real.
Pero bajo la superficie, donde la luz se vuelve misterio,
el alma azul duerme en su crisálida sagrada.
Parece quieta, pero está escuchando.
Se nutre de la compasión que desciende en espirales doradas.
Ella sabe, en el secreto de su sueño profundo, que la prisión del capullo es temporal
y que la voz del Bodhisattva la está preparando
para romper su propia oscuridad y expandirse hacia el sol”.
(oleo sobre lienzo, 39,1 x 30 cm)